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¿Qué hacer cuando todo se va a la mierd*? (parte 2)

Tomemos lo dicho en ¿Qué hacer cuando todo se va a la mierd*? (parte 1) y continuemos por el personal camino de gestionar nuestras emociones hacia la maestría emocional.

Como dijimos anteriormente, la primera puerta que nos abre un espacio para intervenir, trabajar y gestionar nuestra propia emocionalidad se encuentra en que nuestras emociones son el resultado de nuestra interpretación mental a determinados estímulos.

Si bien en la parte uno de este artículo sobrevolamos la diferencia entre los conceptos de emociones y estados anímicos, en esta entrega buscamos ampliar sobre su diferencia y ponderar la importancia de los estímulos a los que nos exponemos.

Estados de ánimo

  • Son de larga duración (pueden durar días, semanas e incluso, en casos particulares, meses)
  • El estímulo que la produce es confuso de identificar (a veces es producto de más de un estímulo y más bien es el resultado de una serie de estímulos externos e internos)
  • Baja o media intensidad (si bien la intensidad varía con el tiempo a veces es casi imperceptible y a veces lo sentimos más pero no llega a ser tan intenso como en la emoción)
  • No son buenos o malos, nos predisponen o limitan según lo que pretendamos hacer
  • Es necesario invertir más tiempo para atraversarlos

Emociones

  • Son de corta duración (la emoción se produce en menos de un segundo y su efecto puede durar unos minutos)
  • Estímulo fácilmente identificable (ya dijimos que pueden ser estímulos internos o externos)
  • Son de alta intensidad (es decir es tan notoria para nuestra corporalidad que nos damos cuenta cuando suceden, no pasan desapercibidas)
  • No son buenas o malas, al igual que los estados de ánimo nos predisponen o limitan según lo que pretendamos hacer
  • No podemos evitar sentirlas, no podemos controlarlas, podemos gestionarlas
  • Se las puede atravesar en menos tiempo, para eso es necesario saber como se producen

¿Cómo se produce una emoción?

Cuando el estímulo (como ya dijimos puede ser interno o externo) llega a nuestro cerebro, comienza un trabajo cognitivo de filtrar, procesar y clasificar la información recibida de acuerdo a la propia naturaleza del cerebro y su velocidad de procesamiento.

La parte del cerebro que recibe y procesa la información se llama amígdala cerebral. La amígdala tiende a dividir, seccionar y separar lo que percibe. Su naturaleza es dictatorial, no conoce de moral, discrimina, no conoce de “grises” ni de puntos medios. Luego de procesar la información recibida, la clasifica y cataloga en extremos como blanco o negro, bueno o malo, izquierda o derecha, arriba o abajo, y así podríamos continuar.

A pesar de creernos muy racionales, no disponemos de la capacidad biológica de comprender y razonar antes de sentir. Cuando nuestro cuerpo siente una emoción, nuestra amígdala cerebral ya ha recibido y procesado la información impulsada por el estímulo.

Entre esta sensación corporal (llamada emoción) y la recepción del estímulo que la impulsa transcurren apenas 125 milisegundos. Es decir, antes de experimentar corporalmente la emoción, la amígdala ya ha recibido, clasificado, ponderado y enviado la emoción como mensaje.

Visto de esta manera es válido decir lo siguiente: toda emoción es información que nuestra amígdala nos regala.

ACLARACIÓN: para que la recepción del estímulo sea procesada por la parte más evolucionada de nuestro cerebro (el neocórtex o lóbulo frontal) son necesarios como mínimo 500 milisegundos. Es decir, una vez que experimentamos la emoción somos biológicamente capaces de procesarla “inteligentemente” sólo una vez transcurridos 500 milisegundos.

Prácticamente en el mismo instante en el que “escuchamos” pensamientos como “sucederá tal cosa”, “cuidado con aquello”, “prepárate para disfrutar” “tranquilo, esto es seguro”, etc., la información del estímulo está llegando a la parte de nuestro cerebro que puede empezar a re-procesar de manera más inteligente para elegir una mejor respuesta al estímulo.

Si bien la diferencia entre 500 milisegundos y 125 milisegundos puede parecer pequeña esta es una de las sustanciales diferencias que tenemos con el resto de los seres del planeta (como los animales por ejemplo). Sólo cuando ejercemos nuestro poder de gestión emocional con responsabilidad y intervenimos en esos milisegundos podemos decir que somos menos animales y más humanos.

¿Qué recursos podemos usar para re-procesar inteligentemente nuestra emoción y no ser preso de nuestras reacciones? La buena noticia es que podemos echar mano a cuatro aliados esenciales:

  1. Agua (recomendable beber al menos un vaso de agua limpia y fresca)
  2. Tiempo (contar al menos hasta seis o dejar pasar 6 segundos ya resulta efectivo)
  3. Oxígeno (tomar al menos dos o tres respiraciones de esas que inflan el estómago)
  4. Movimiento (si puedes salí a caminar o al menos date una vuelta por el espacio donde estés)

Generalmente es más fácil gestionar una sensación que ya conocemos, usar estos cuatro recursos facilitan y favorecen nuestra primer tarea de reconocer y poner nombre a nuestras emociones (como alegría, tristeza, sorpresa, asco, enojo y miedo).

Para una gestión emocional efectiva es imprescindible entender primero que las emociones no son controlables, es decir no tienes poder de que no suceda algo que ya sucede. O dicho de otra forma, cuando sientes una emoción hay cosas que ya fueron recibidas y procesadas por tu cerebro y están siendo expresadas en tu cuerpo con el cambio o transformación física que experimenta.

Lo verdaderamente importante, no es no sentir lo que sentimos, sino es decidir cómo usar esa información (en forma de emoción) para impulsar nuestras acciones posteriores.

Como conclusión al desarrollo de esta primer puerta en la cual tenemos la posibilidad de hacer algo que nos ayude a vivir mejor (lo que conocemos técnicamente como “accionable”), decimos que las emociones que sentimos son información que procesamos a partir de estímulos que recibimos. De allí resulta lógico pensar que si cambiamos los estímulos de los cuales nos rodeamos podemos ejercer el poder de causarnos a nosotros mismos las emociones que queremos sentir.

Si quieres saber de qué manera influyen, en nuestras emociones y en nuestra vida, los entornos a los que nos exponemos te sugiero ir a ¿Cómo afectan los entornos a nuestras emociones?

Aún nos queda desarrollar la segunda puerta que pudimos distinguir en ¿Qué hacer cuando todo se va a la mierd*? (parte 1): la oportunidad de cambiar nuestras interpretaciones echando mano, apoyándonos en nuestra voluntad para atravesar y destrabar estados de ánimo. Esto será para nuestra próxima entrega.

Mientras tanto quiero preguntarte ¿Te fué útil este artículo? Me gustaría leerte en comentarios y que me cuentes qué te aportó.

Buena Vida,

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