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La era del conocimiento requiere un nuevo despertar (parte 1)

Uno de los principales beneficios de la era del conocimiento, que no sale en los titulares ni ha levantado grandes revuelos en canales de noticias hispanohablantes, es que las tecnologías de la información y la comunicación no sólo nos han puesto a un clic de la biblioteca mundial, nos ha permitido estar a un clic de las personas y los equipos que crean el contenido de la biblioteca mundial.

Si eres de los que piensan que en el siglo XXI se ha complicado todo, no encuentras respuestas por ningún lado y sientes que el status quo establecido por las instituciones, entidades y empresas del siglo XX está siendo desafiado, te invito a que antes de meterte de lleno en este artículo te des una vuelta por ¿Quieres cambiar tu vida? Empieza por mirar diferente.

Una vez que nos abrimos a la idea de que el mundo tal y como lo conocíamos en el siglo XX tiene fecha de vencimiento, podemos visualizar que el nuevo orden social, dentro del cual se engloba el nuevo paradigma laboral, merece de parte de cada ser humano un nuevo despertar.

Pero… ¿Qué es eso de un nuevo despertar?

Cuando hablamos de despertar hablamos de concebir una nueva manera de relacionarnos con el mundo, con las personas que nos rodean y con nosotros mismos a través del nuevo paradigma.

No sólo se trata de conocer las nuevas normas y reglas del juego. Se trata de estar en paz, adaptarse, ser flexible y aceptar que lo que fue no volverá a ser igual.

Al despertar, puedes percibir e interpretar lo que sucede en tu mundo interior y exterior de otra forma, con más profundidad, con más atención y con otro nivel de comprensión. Se trata de mirar la misma realidad en la cual vives de otra forma, con otros ojos.

En un sentido espiritual, podemos llamarlo “evolución de la consciencia”. Cabe señalar que despertar es el primer paso en la evolución de la consciencia de cada ser humano y que espiritualidad no tiene nada que ver con religión ni ateísmo.

Según las investigaciones y los aportes de la neurociencia, se ha comprobado que los valores, los paradigmas, las ideas y los sistemas de creencias se transmiten genéticamente de generación en generación como información celosamente almacenada por nuestros antepasados. Lo que antiguamente se creía que sólo se transmitía culturalmente, hoy podemos afirmar que sucede a nivel de herencia genética.

A partir de este descubrimiento resulta relevante dar una mirada a los últimos mil años para analizar de dónde vienen las ideas, los valores, los paradigmas y las creencias que han regido nuestra vida hasta hoy.

En la Edad Media, con el auge del teocentrismo occidental -linkeo toda la información disponible en wikipedia para no extenderme con el tema de los años, los personajes y lo sucedido- las creencias y los valores centrales del comportamiento humano eran la lealtad y la obediencia absoluta.

La institución que hoy conocemos como Iglesia Católica Apostólica Romana, era la que a través de sus autoridades y sacerdotes ayudaba a discernir si el comportamiento de las personas era “bueno” o “malo”, era moralmente “correcto” o “incorrecto”.

Ayudados por el fortalecimiento de la idea de un Dios que te odiaba o amaba según tu comportamiento, y te ganabas el “cielo” o el “infierno” según tu actuar, los mismos integrantes de la iglesia fueron quienes se encargaron de vivir en carnes la incoherencia del comportamiento humano haciendo cosas “incorrectas”, desde la moral católica de la época.

Sin entrar en detalles, este comportamiento de los líderes de la iglesia fue tan evidente que, entre fines del 1400 e inicios del 1500 d.C., la sociedad occidental le entregó el poder de decirnos que era “verdad” y que era “mentira” a la lógica, la ciencia y la razón.

La sociedad se vió sumida a creer sólo en lo que la ciencia podía probar. De allí el surgir de la Edad Moderna en su máxima expresión. Manifestando un comportamiento pendular, lo valorado en ésta época pasó a ser el progreso indefinido a raíz de la razón absoluta y el pensamiento lógico.

La ciencia, que se tomó el trabajo de investigar el mundo, dar lugar a la revolución industrial e incluso llevar al ser humano a poner un pie en la luna, jamás pudo dar respuestas a los interrogantes sobre cuestiones existenciales como el origen y el sentido de la vida.

Sin estas respuestas científicas, reclamadas por una humanidad carente de sentido, el ser humano entró en la posmodernidad con todo el progreso y los avances logrados hasta el siglo XIX y primera mitad del XX.

De allí, el valor con el que la sociedad occidental termina la era industrial y da inicio al siglo XXI -era del conocimiento, el talento y la conectividad- es la libertad absoluta de culto, creencias e ideologías.

Pero… ¿Somos tan libres como pensamos? O simplemente manifestamos un comportamiento, basado en valores, paradigmas y creencias heredadas de nuestros antepasados, que hemos aceptado sin cuestionar en absoluto.

Antes de pasar a la segunda parte de este artículo te invito a que te des una vuelta por ¿Por qué deberías tener tu propia definición de “éxito”?, artículo con el que decidí inaugurar este proyecto.

¿Qué te pareció la primera entrega de este artículo? Me gustaría leerte en comentarios y conocer tus opiniones. Te espero. 

Buena Vida,

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