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El beneficio de no querer salir campeón

“¿Es lo mismo ser el número uno que salir campeón?”

Esta fue una interesante pregunta que me hizo una persona del público en un entrenamiento que tuve la oportunidad de facilitar hace relativamente poco tiempo. Antes de comenzar a responder y explayarme miremos un poco qué nos dice sobre esto el mundo que nos rodea.

Las narrativas alrededor del mundo del emprendimiento, el deporte y las películas de Hollywood, nos muestran que alcanzar lo que buscamos es sinónimo de felicidad plena. Ya sea “romperla” con un nuevo producto o modelo de negocio a nivel empresarial, salir campeones a nivel deportivo, o alcanzar un sueño (como puede ser o no encontrar una pareja) a nivel cinematográfico, los tres escenarios nos muestran que la felicidad plena es consecuencia del logro de un objetivo.

Este mindset (o manera de pensar y enfocar una situación) puede ser muy peligroso y acarrear numerosas frustraciones a lo largo de nuestra vida. Muchas veces hemos comprado que romperla, salir campeones o alcanzar el sueño es lo valioso de la cuestión sin contemplar que hay más allá.

Existe una ley que universal que explica el orden general en que se logran las cosas en nuestro planeta, es conocida como la ley del orden o el principio “Ser-Hacer-Tener”. El mismo dice que tendrás en equivalencia y coherencia con tu tamaño.

El mundo que nos rodea nos vende que tener (en este caso sería lograr) es lo más valioso e importante. Las narrativas antes citadas hacen mención a que somos tan queridos como seamos capaz de lograr y tan valorados por cuanto tengamos. Esta lógica, cuando es consumida con frecuencia y tomada muy en serio (pues no somos víctimas y cada uno de nosotros tienen responsabilidad en lo que compra y consume) produce que nos enfoquemos solamente en el objetivo o el equivalente a “salir campeón”.

Este enfoque es la causa de frustraciones que puede llegar incluso a la depresión cuando no logramos lo que queremos. La creencia que sólo valemos por lo que somos capaces de lograr genera emociones, miedos, pensamientos, e incluso impulsa comportamientos que nos llevan a lugares dolorosos.

Entonces… ¿Cómo salirse de esta narrativa y recorrer otro camino que nos haga vibrar en plenitud y felicidad?

Tomemos la ley universal del orden y vamos por el principio, el Ser. Si miras entre líneas e incluso si miras la historia de muchos de los que han logrado mover el mundo hacia una nueva perspectiva, puedes ver que son diferentes al resto de los mortales. No porque tengan superpoderes ni por lo que lograron, sino que son otro tipo, otra clase de persona.

Ser el tipo de persona que vive la vida que quieres vivir toca todas las aristas de tu vida, la pública (que se ve) y la privada (que se ve menos pero algo se ve). Esto involucra desde cómo saludas, cómo te despiertas, cómo te comportas, como te dispones a vivir tu día, cómo piensas sobre tí mismo, cómo piensas sobre los demás, cómo hablas con los demás, etc.

Ser el número uno no es lo mismo que salir campeón, no tiene que ver con lo que logras, tiene que ver con la actitud interna hacia lo que encaras en la vida.

Salir campeón implica ganarle a otros, es decir ganarle a alguien que no eres tú. Ser el número uno implica mirar tu historia y ver cuánto has progresado. O dicho de otra forma, salir campeón remite a una referencia externa de lo que eres capaz de lograr mientras que ser el número uno remite a una referente interna del progreso en relación a tu personal punto de partida.

A veces, el número uno sale campeón, otras veces no. De hecho, a lo largo de nuestra historia, hay veces que ha salido campeón quien no era el número uno en una determinada disciplina.

El beneficio de no querer salir campeón reside en que ser el número uno no está atado a un resultado ni a la competencia con otros ni a la comparación por la comparación misma. Ser el número uno está sujeto a un proceso, a un cómo se piensan, sienten, viven y hacen las cosas.

Si eres de los que encuentran y diseñan un proceso claro que puedas transitar y mejorar, no necesitas salir campeón para sentirte en plenitud, puedes construir tus resultados y cultivar una sana autoestima a cada paso.

Este enfoque no sólo te devuelve el poder de pensar cómo quieres hacer y sentir las cosas, sino que además de aplicar a la vida de uno mismo, aplica también a la vida de parejas, equipos, sociedades empresariales, grupos de trabajo, voluntarios, etc.

Para usar este concepto en un grupo de dos o más personas es necesario establecer tres acuerdos fundamentales:

1.- Una visión u horizonte en común

Esto responde a la pregunta ¿Hacia dónde estamos yendo? o ¿Qué realidad queremos que sea nuestro “día a día” en un determinado tiempo? Este horizonte no sólo debe estar por escrito, también ser claro, concreto y compartido por todos los miembros del equipo.

Entendemos que dependiendo de los avances e incluso de los momentos determinantes esta visión puede variar. La sugerencia es actualizarla la veces que sea necesaria entiendo que esto no es algo que se resuelva tal vez en una única conversación sino que primero requiere ponerse de acuerdo con uno mismo y luego con los demás. Si quieres leer más sobre esto sugiero vayas a Desarrollo personal, ¿Realmente es tan útil tener un plan?

2.- Habilidades complementarias

Esto es una forma concreta de gestar “sinergia” entre las personas. Si todas las personas del equipo son buenas para lo mismo hay algo que no anda bien. Si bien hay valores comunes que debemos compartir, cuando hablamos de habilidades hablamos de lo que cada persona hace bien técnicamente. Recomiendo la siguiente lectura para profundizar en esto de la diversidad de habilidades.

Si quieres saber con quiénes formar equipo utiliza la ley del orden y primero pregúntate por tu Ser. Antes de establecer ningún acuerdo ten en claro qué no haces bien y para qué si eres bueno o buena.

3.- Paciencia

La paciencia, aunque sea más un arte que una ciencia, es la ciencia de hacer la paz. Cuando decimos paciencia también queremos decir el esquema o conjunto de valores compartidos sobre cómo hacer las cosas.

Para ser más claros vamos con la siguiente anécdota:

Un domingo por la tarde, Fernando y Graciela llevaron a su hijo a un espectáculo artístico. Al llegar a la boletería leyeron un letrero que decía “menores de 6 años no pagan entrada”.

Fernando pagó las tres entradas y, apenas se alejaron de la boletería Claudia le dijo: “Fernando, ¿Por qué pagaste las tres entradas? Después de todo, Francisco acaba de cumplir 7 años, nadie se hubiera dado cuenta si no sacabas su entrada”.

Fernando miró a su hijo, y en voz baja dijo a Graciela: “Él si se hubiera dado cuenta y eso es lo que importa”.

Además de paciencia, cuando estableces un esquema común de valores estás tomando decisiones y principios claros que, de antemano, te ahorrarán muchas discusiones posteriores. Si quieres leer más sobre esto puedes ir a ¿Cómo relacionare mejor con las personas?

Como conclusión podemos decir que el mundo no se mueve solamente en los días “importantes”. El beneficio de no querer salir campeón nos devuelve, a los humanos como vos y yo, la premisa que el mundo se mueve día a día, en cada paso, pues cada día trae su afán.

Quienes están dispuestos a ir más allá hacen la diferencia, pero esa diferencia no es notoria en una semana, tampoco en un mes y quizá ni siquiera en un año. De allí la fundamental importancia de practicar paciencia al transitar un camino que para ti tenga sentido. Nadie puede asegurarte cuando se verán los primeros brotes e incluso cuando podrás cosechar lo que siembras. Tal vez te lleve años, nadie lo sabe.

El tiempo que transcurra entre que comienzas a sostener el proceso y el primer resultado es la medida mínima necesaria de compromiso para continuar caminando hacia la vida que quieres.

Y para ti, ¿Cuál es tu medida compromiso? Me gustaría leerte en comentarios qué te pareció esta entrega. También puedes dejar tu dirección de correo acá abajo y recibir artículos como estos todas las semanas totalmente gratis.

Buena vida,

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